26/05/2014 | Publicat per

El debate entre economistas sobre los efectos de una hipotética independencia de Cataluña empezó hace unos meses, se suspendió durante unas semanas tras las elecciones de noviembre, y últimamente se ha vuelto a reanimar. Las posiciones son muy contrapuestas y a un ignorante en ciencia económica, como es mi caso, le es difícil de momento llegar a conclusiones definitivas.

Los economistas catalanes agrupados bajo el nombre de Colectivo Wilson mantienen en general que la independencia será muy beneficiosa para Catalunya, aunque por ahora sus razones son escasamente convincentes e incluso resultan extrañas dado su reconocido prestigio académico. El que quizás es el más ilustre de todos ellos ha utilizado de manera repetida, como principal fundamento de su posición, que el interés de Cataluña en salir de  España reside en que los catalanes solos nos administraríamos mejor. Realmente no parece un argumento económico sino ideológico, de hecho humorístico, derivado de aquella sarcástica boutade del filósofo  Francesc Pujols según la cual “llegaría un momento en que los catalanes viajaríamos por el mundo y lo tendríamos todo pagado”.

Creo que el debate se animará mucho tras el libro publicado por el Instituto de Estudios Económicos (IEE) “La cuestión catalana, hoy”. No hay en él una pizca de filosofía, sólo  razonamiento económico. Se compone de diversos trabajos sobre las consecuencias de la independencia catalana a cargo de los profesores Amat, Fernández, Pich, Polo Semur, Trigo y Tugores. El presidente del IEE, José Luis Feito, en un breve prólogo, resume algunos de los argumentos desarrollados por los autores y añade otros.

En primer lugar, Feito se asombra de que se pueda hablar de una Cataluña económicamente expoliada y asfixiada. Su asombro se basa en una constatación empírica: entre 1978 y 2007 el crecimiento de Catalunya ha sido uno de los más rápidos del mundo, más que ningún otro país de la OCDE. En todo caso, dice Feito, en 2007 alcanzó una renta per cápita  que era un 120% mayor de la media de la UE, superior en ese año a la de Alemania o Italia. “¿Cómo es posible – se pregunta Feito – que una región ‘expoliada’ durante todos y cada uno de estos 30 años, a razón de un 8% de su PIB anual según sostienen los secesionistas, haya podido crecer mucho más intensamente que casi cualquier otro país del mundo, alcanzando e incluso superando la renta per cápita de países que en 1980 eran mucho más ricos que Cataluña?”. No es mala pregunta, aunque naturalmente siempre se puede responder que todavía hubiera crecido más sin formar parte de España.

Pero prosigamos con los argumentos de Feito sobre las consecuencias de la secesión. Centra estos argumentos en dos aspectos: primero, las repercusiones de la separación en la economía catalana; y, segundo,  como incidiría el factor monetario al quedar situado el futuro Estado catalán fuera de la UE y, por tanto, también de su sistema financiero aunque adoptara el euro como moneda.

Respecto al primer aspecto, desarrollado con detalle por los demás autores, Feito hace una referencia genérica a la sensible reducción de las exportaciones, a la disminución evidente de la inversión extranjera, a las consecuencias del efecto frontera sobre el comercio, a las inevitables represalias, al probable abandono de Cataluña por empresas multinacionales y al forzoso traslado de la actual banca catalana a un país de la UE, más que probablemente a España, donde ya tiene  numerosos clientes. Por todo ello, concluye, la secesión acarrearía un coste aproximado del 20% del PIB.

Ahora bien, dice Feito, este coste no es el más grave ya que de mucha mayor entidad es el derivado del factor monetario. Un nuevo Estado catalán tendría dos opciones: o crear una moneda propia o adoptar el euro. Es obvio que la primera opción provocaría inflación, con la consiguiente necesidad de devaluar – es decir, de empobrecerse -, una inmediata salida de capitales y un brutal aumento del coste de la vida. Feito desecha esta salida, advirtiendo que incluso los partidarios de la independencia consideran que conduciría a un desastre.

Queda la segunda opción: adoptar el euro aún estando fuera de las instituciones financieras de la UE. Feito considera que tal solución – posible para países muy pequeños y con una renta muy baja – tampoco sería viable ya que Catalunya no podría beneficiarse de los fondos de liquidez europeos  y no podría financiar ni su déficit ni su deuda, que habrían aumentado exponencialmente, con lo cual no le quedaría más remedio que volver a la primera solución, a  la moneda propia, con las consecuencias antes enumeradas. Así pues, si Catalunya ingresara en la UE, cosa muy probable a medio plazo, ya no sería la Catalunya de hoy sino otra, distinta y  mucho más pobre.

El debate, pues, está servido. ¿A pesar de todas estas desgracias los catalanes, tras la independencia, lo haríamos mejor, como sostienen los ideólogos del Colectivo Wilson? “¡Som els millors!”, ironizaba Salvador Espriu. ¿Morir por la Patria? De acuerdo, quizás diría Georges Brassens, ¡pero de muerte lenta!

Francesc de Carreras

(La Vanguardia, 20-III-2013)