26/05/2014 | Publicat per

La educación del siglo XXI está llamada a transformarse asumiendo nuevos roles y comprometiéndose con el desarrollo económico y social. Para ello necesitamos disponer de un modelo productivo dinámico basado en el conocimiento que permita forjar la innovación necesaria para mejorar la competitividad y el crecimiento de la economía.

 EDUCACIÓN Y SOCIEDAD

El sistema educativo está estrechamente vinculado con el modelo de crecimiento económico de un país; así, la preparación es básica, no sólo en la formación individual de las personas sino en el incremento formativo global de la sociedad. De ahí que deba enfocarse con una visión de largo plazo. La demanda educativa debe basarse en criterios de máxima exigencia, forjados a partir de un modelo productivo de economía eficiente y competitiva. De ello se deriva que sea necesario promover un cambio cultural centrado no sólo en el alumnado sino en todos los agentes que intervienen en el proceso educativo, puesto que el alumnado debe tener una visión amplia, proporcionada por los educadores e impulsada por la administración, en cooperación con la familia, la sociedad y muy especialmente el mundo empresarial. Debemos ser conscientes de la importancia de la relación entre escuela y sociedad, y a partir de ahí consensuar los cambios con el profesorado, los centros y las familias, para así disponer de la máxima información y evitar generar excesivas resistencias en alguno de los actores; sin olvidar que cualquiera de estos cambios necesita insertarse dentro de una cierta estabilidad del marco educativo respecto a las iniciativas legislativas.

Así, el objetivo que debe perseguirse no puede ser otro sino el de la cultura de la calidad. Las bajas posiciones en las que últimamente está situado nuestro país en los distintos registros evaluables nos indican la necesidad de actuar para llevar a cabo una inflexión que permita iniciar una senda hacia mejores resultados.

EL MODELO EDUCATIVO

Para decidir qué enseñar lo primero que debemos plantearnos es qué ciudadano queremos para el futuro y de ahí derivar el análisis posterior. El hilo conductor de la enseñanza debería ser formar ciudadanos sabios y críticos, reivindicando la cultura del esfuerzo y valorando la excelencia dentro y fuera del ámbito educativo. Para ello no sólo debemos enseñar habilidades concretas sino que también han de transmitirse conocimientos, fomentar las cualidades personales de los alumnos, tales como la creatividad, la iniciativa, la responsabilidad, la capacidad de enfrentar riesgos, la emprendeduría, o la autonomía personal, focalizando una mayor atención en el individuo, que implique un refuerzo de su autoestima y su autoconfianza. Por lo tanto, la tarea de escoger las actitudes y las competencias a trabajar y potenciar no es menor.

Fijémonos en dos aspectos concretos. En primer lugar, según dice el educador y escritor británico Ken Robinson en su teoría sobre el pensamiento divergente, la escuela mata la creatividad ya que en pocos años la capacidad creativa del individuo se reduce drásticamente, en gran medida porque tendemos a aceptar y a explicar que sólo existe una respuesta. Si es así, necesitamos un cambio profundo que permita crear un entorno favorable a la innovación y la emprendeduría que debe introducirse desde los inicios de la escolarización. Por otro lado, uno de nuestros principales hándicaps lo encontramos en aquellas competencias que se apuntan como esenciales para el desarrollo de la vida profesional: la capacidad de hablar y escribir correctamente. Es cierto que estamos sometidos a un ambiente donde se devalúa el lenguaje y donde la comunicación pide inmediatez y brevedad. Ahora bien, debemos encontrar la manera de contrarrestarlo, y para ello se necesita cambiar el sistema, diseñado más para transmitir conocimiento que para adquirirlo y con una metodología con carencias importantes de eficacia en gran medida porque es poco innovadora y no está enfocada a la mejora de los resultados, dejando de lado la participación y estimulación del alumno.

La tarea no es fácil, en especial si nos fijamos en los datos que arrojan los últimos informes PISA, con pocos alumnos en los niveles altos y muchos en los bajos. Revertir esta tendencia debe ser uno de los principales objetivos a acometer. Para ello podemos fijarnos en los modelos educativos de algunos países exitosos, aunque es mejor que lo hagamos de soslayo, porque una reforma de este calado requiere no de una copia mimética, sino de la adaptación de las bondades de los otros sistemas a nuestra idiosincrasia. Pensemos que éstos son el resultado de largos consensos y prácticas culturales con raíces históricas muy distintas a las nuestras y por tanto difícilmente exportables sin antes cambiar nuestra realidad cultural básica.

Lo que sí puede hacerse de forma inmediata es reducir el currículum y esforzarnos por detectar cuanto antes los casos problemáticos que acaban desencadenando el fracaso escolar, entendido éste en un sentido amplio y no sólo ceñido a los alumnos que no adquieren unos mínimos conocimientos, sino extendido a aquellos que pudiendo adquirir más tampoco lo hacen debido a que el propio sistema se lo dificulta. Y es que una de las características de la escuela actual es su enorme diversidad, y una de las maneras de tratarla de forma efectiva puede ser a través de la personalización de la educación mediante agrupamientos en determinadas materias que más que obedecer a razones cronológicas lo hagan en función de las capacidades de cada alumno. Aquí es donde las tecnologías deben jugar su papel más importante, contribuyendo a la diferenciación del currículum y al incremento de la exigencia. Deberían flexibilizarse las etapas educativas y definirse itinerarios de inserción personalizados en cada una de ellas (la escuela debe ser el instrumento que permita compaginar trabajo y estudio a aquellos alumnos que prefieran trabajar una vez terminada la educación obligatoria para así fomentar su inserción laboral), reforzando las pasarelas ya existentes. Pensemos, por ejemplo, que si en estos momentos la salida a la crisis debe venir en gran medida por parte de la industria y del valor añadido, es indispensable, por un lado, que la formación profesional forme cuadros intermedios con un mejor conocimiento práctico que el que puedan tener los graduados; y por otro, realizar un esfuerzo considerable incentivando a los alumnos para que realicen estudios científicos, y hacerlo no sólo dentro del sistema educativo sino dentro de la sociedad en su totalidad. Carece de lógica que a pesar de la fuerte demanda existente de estos profesionales los alumnos no se animen a realizar estudios de carácter científico y tecnológico, tal y como pone de manifiesto un análisis realizado por la consultora Everis a finales de 2012[1]. Además, como exponen en otro estudio llevado a cabo en colaboración con el Departament d’Ensenyament de la Generalitat de Catalunya[2], el motivo principal es la autopercepción del alumno de la excesiva dificultad de los estudios. La tarea principal en manos de los distintos actores educativos, desde los profesores hasta la familia, es la de fomentarles la seguridad de la que ahora en parte carecen, sin olvidar transmitirles el interés por estas materias, tal y como señala la Estrategia 2020 de la Unión Europea en materia de educación y formación.

LOS ACTORES DEL SISTEMA EDUCATIVO

Últimamente nos enfrentamos con un problema añadido como es el hecho de que muchos profesores están invadidos de un cierto pesimismo y desorientación, tanto ante las dificultades a las que deben hacer frente para ejercer su profesión, como a las críticas constantes a que son sometidos. Para recuperar el prestigio mermado se necesitaría atraer y seleccionar a gente que diera prestigio a la profesión entre los mejores candidatos (aquí es clave cambiar el proceso de selección haciéndolo más flexible y permitiendo que sólo los mejores puedan entrar a formar parte del cuerpo docente), dotándoles de incentivos que permitan promover un tipo de profesorado muy bien preparado, innovador, comprometido con la docencia, y con un fuerte vínculo con la sociedad, que estimule en los alumnos la capacidad de aprendizaje y el gusto por el éxito escolar. Para ello la introducción de incentivos es imprescindible a la hora de reconocer y valorar el esfuerzo y las iniciativas, tanto de los profesores como de los centros de enseñanza. Premiar los centros, directivos y maestros por su buen trabajo, otorgándoles el reconocimiento que se merecen es la mejor manera de animarles a seguir adelante y así poder ejercer de efecto espejo con el resto de sus compañeros y con la comunidad en general.

Aquí no debe olvidarse el papel de la administración. Por un lado, los centros escolares deberían tener un contacto más directo con ella, que a su vez debería ser más próxima y realizar políticas concretas, más adaptadas y flexibles, y en ciertos casos que impliquen una actuación más extensa sobre los planes de entorno. Por otro, uno de los aspectos más importantes es, sin duda, el hecho de que para llevar a cabo esta apuesta educativa ha de ser posible alcanzar un pacto de estado estable y prolongado más allá del ciclo electoral, que incluya a todo el arco parlamentario, empresarios y sindicatos, con voluntad de diálogo y consenso real sobre las principales líneas de política educativa, y cesión respecto a las necesidades del país. Esto debe permitir consensuar las directrices básicas basadas en criterios exclusivamente educativos y pedagógicos funcionales, de modo que tal estabilidad sólo debería verse alterada por la necesidad de adaptación a la realidad cambiante fruto de la evolución de los conocimientos y de los instrumentos disponibles.

UNIVERSIDAD Y EMPRESA

Siguiendo esta misma línea, el gran déficit de la universidad es la falta de una política educativa estable y bien dirigida que ha desembocado en un sistema universitario con muchas duplicidades. En este sentido, la política que se hizo con el objetivo de cohesionar el territorio pudo no ser la mejor, con lo que se necesitaría una reestructuración del mapa de titulaciones y del marco legislativo que las regula que permita profundizar en la especialización y definir un mapa de no concurrencia que la favorezca a la vez que permita la creación de sinergias a lo largo del territorio, donde el objetivo prioritario sea la internacionalización y la especialización, permitiendo así un mejor aprovechamiento de los recursos.

Paralelamente, la universidad debe modernizarse adquiriendo mayor flexibilidad para ofrecer una respuesta rápida a las exigencias de la sociedad y del contexto internacional. Ahora bien, si el mercado no tiene capacidad para absorber a los licenciados, ¿es porque falla la oferta, o lo hace la demanda? ¿O es el modelo económico? ¿Y de quién es la culpa? ¿De la universidad? ¿De la mala planificación de la administración? ¿Del sistema productivo? Obviamente, virar hacia un nuevo modelo requiere tiempo e información a lo largo de todos los niveles. Para ello es necesario que exista una conexión perfecta entre cada uno de ellos. Parte de la falta de encaje actual podría arreglarse aumentando la orientación del alumnado previamente a la elección de los estudios superiores. En este sentido la universidad debe estar en contacto permanente con el mundo empresarial, pero esta aproximación entre universidad y empresa debe establecerse mediante una colaboración simétrica, con la ayuda de la administración cuando sea necesario. En concreto, debería modificarse la gobernación para que el empresariado pueda intervenir en la elaboración y gestión de los planes de estudio, además de profundizar en aquellos programas que favorecen la inserción laboral de los titulados.

En esta misma línea, las empresas tienen un importante camino por recorrer apostando a fondo por el análisis y la innovación. Por un lado nos encontramos con la relativa baja valoración que tienden a realizar de la innovación, hecho que dificulta la transferencia y difusión de la investigación desde la universidad hacia la sociedad a través de las empresas (patentes, spin-offs,…). Por el otro, con el desconocimiento. Las empresas que se enfrentan con limitaciones técnicas o de capacidad para llevar a cabo determinadas actividades de investigación deberían poder contactar con la universidad, y actualmente no lo hacen. Como tampoco lo hacen para solucionar sus problemas en lo que se refiere a las necesidades de formación, ya sea por desconocimiento del hecho que la universidad ofrece  estos servicios o porque en la práctica la universidad no los ofrece. La superación de esta falta de comunicación y la consiguiente creación de un tipo de sinergias que acaben confluyendo en la definición del modelo de crecimiento que la economía necesita es completamente necesaria para el posterior desarrollo de las mismas. Otra forma de crear estas sinergias podría darse a través de un acercamiento de los contenidos a la realidad económica y empresarial, ya sea mediante los trabajos de fin de grado, las tesis doctorales y los estudios postuniversitarios, o favoreciendo estancias temporales del profesorado en las empresas para actualizar y adaptar sus conocimientos a la realidad. Aun así la clave sin duda radica en conseguir un tejido productivo y un empresariado que demanden, por encima de todo, excelencia.

En cualquier caso, no puede olvidarse que la universidad ha de tener una posición intermedia, no ignorando la ocupabilidad y sin ser ajena a las necesidades cambiantes de la sociedad pero sin someter sus principales cometidos de contribuir a la formación y al pensamiento. Por ello se le debe pedir una mayor implicación en todos los retos planteados para encauzar la economía. Y es que hoy día la universidad parece estar demasiado ausente en los temas de debate de la sociedad, promoviendo un tipo de profesorado los incentivos del cual son más materiales que intelectuales. En este sentido la universidad se debe recuperar como centro de formación crítica. Sólo cabe recordar cuáles son las tres funciones que debe tener la enseñanza universitaria según las enunció Ortega y Gasset[3] a principios del siglo XX: transmisión de la cultura; enseñanza de profesiones; e investigación científica y formación de nuevos hombres de ciencia.

ÚLTIMOS APUNTES

Por último no podemos desdeñar el aspecto económico, dada la gran cantidad de recursos que se destinan a educación y formación. Un documento recientemente publicado por el BBVA[4] analiza el coste del fracaso escolar, concluyendo que el año 2020 tendremos un problema de exclusión social derivado de la falta de formación. En otras palabras, la educación, además de ser una cuestión social, es también un problema económico. En este sentido sería necesario realizar un esfuerzo a nivel comunicativo que conciencie a la población acerca de la necesidad de aprovechar los recursos de que se dispone y del coste que supone hacer un uso inadecuado e ineficiente de los mismos. Debemos superar la desafección existente, y para ello es necesaria la implicación y participación de toda la sociedad, como corresponsable que es del nivel educativo de sus miembros.

Pero no todo son aspectos negativos. Aunque no hayan sido citados, hay muchos aspectos que sí funcionan. Y en este caso lo que debe hacerse es potenciarlos, difundirlos e intentar extenderlos al resto de la comunidad educativa para que ésta pueda aprovecharse de ellos. Siendo la educación como es uno de los aspectos más determinantes de la evolución de una economía, debemos tener presente que se necesita el esfuerzo de todos para reorientar su rumbo. No obstante los cambios deben llevarse a cabo paulatinamente, fijándose objetivos factibles. Releyendo a Leonardo da Vinci… chi non può quel che vuol, quel che può voglia[5].


[1] La manca d’enginyers TIC: situació actual i perspectiva. Everis, octubre 2012.

[2] Factors influents en l’elecció d’estudis científics, tecnològics i matemàtics. Visió dels estudiants de 3r i 4t d’ESO i Batxillerat. Everis, novembre 2012.

[3] Misión de la Universidad, 1930.

[4] BBVA Research. Madrid, septiembre de 2012. Análisis Económico.

[5] El que no puede lo que quiere, quiera lo que puede.