23/05/2014 | Publicat per

TRIBUNA: ECONOMÍA

Se cuenta que Kissinger, durante su visita a China en 1971, preguntó al primer ministro Zhou Enlai sobre el impacto de la Revolución Francesa y que la respuesta fue que era demasiado pronto para poder valorarlo. Este discutido episodio se presenta a menudo como un caso paradigmático no sólo de la prudencia china sino de su mayor sentido del devenir histórico, frente al cortoplacismo que suele dominar en Occidente.

Los cambios que se iniciaron en Europa bajo el lema de “libertad, igualdad y fraternidad” abrieron el camino hacia el liberalismo económico y político, pero con el paso del tiempo, también al ascenso de cada vez más amplios sectores a la vida política, a la ampliación del voto democrático y a las políticas sociales que fueron conformando el estado del bienestar. El progreso económico que propiciaron los avances tecnológicos tras la revolución industrial se complementaron con los aspectos sociopolíticos mencionados para generar un modelo europeo que, aupado por el liderazgo occidental en los últimos siglos, pareció establecer el referente acerca del camino a seguir para otros lugares del mundo.

Hace pocas semanas el nuevo rey de Holanda, Guillermo, lanzaba el mensaje del gobierno de uno de los países más centrales del núcleo duro de la Europa virtuosa liderada por Alemania acerca del agotamiento del Estado de bienestar en las últimas décadas y proponía buscar recambios en fórmulas que, pese a eufemismos, nos retrotra(er)ían a mecanismos más cercanos a la caridad de los buenos samaritanos o a las leyes de pobres inglesas de hace siglos. En un entorno de desigualdades dentro de muchos países y de una revisión a la baja de las políticas públicas, y en que la coartada de la crisis apenas logra encubrir la complacencia con que las élites apoyan las nuevas dinámicas, los tres ítems del lema de la Revolución Francesa se diluyen de forma cada vez más perceptible.

La respuesta del rey Guillermo a la indefinición de Zhou ha sido clara: la Revolución Francesa abrió un paréntesis en la historia en que los europeos pensamos en combinar progreso económico con democracia y políticas sociales, y, en nuestra arrogancia, llegamos a creer que ese era el modelo, habiéndonos devuelto la crisis a la cruda realidad, cerrando el paréntesis histórico. Pero ¿es esa la mayoritaria resignada respuesta de la sociedad europea o sigue valiendo la pena luchar para que nuestros hijos puedan conocer de primera mano –y no sólo por los reescritos libros de historia– lo que significó el modelo europeo que nos quieren inducir a dejar caer? ¿Seremos capaces los europeos de dar una respuesta de forma conjunta o repetiremos los errores, incluidas las divisiones internas, que hundieron otras épocas de la historia?

Juan Tugores Catedrático de Economía de la UB.