23/05/2014 | Publicat per

Luces y sombras de la crisis global, de Juan Tugores Ques en Dinero de La Vanguardia

Divided we stand es el significativo título elegido por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) para su informe acerca de los importantes cambios en la distribución de la renta en los últimos tiempos, que evidencian cómo las dinámicas divergentes entre ganadores y perdedores son ingredientes esenciales para entender el legado del binomio globalización más crisis, y no meros efectos colaterales.

Los análisis de hace pocos años acerca de por qué los denominados dividendos de la globalización contribuían a incrementar las desigualdades han dado paso a debates acerca de la distribución de los costes de la crisis. La pregunta enunciada por el profesor de Oxford Anthony Atkinson, “¿unequal growth, unequal recession?”, cada vez tiene más sentido para entender cómo se están reconfigurando nuestras sociedades.

Los datos muestran, por ejemplo, cómo la porción de rentas que obtiene el segmento de mayores ingresos, como el 10% más rico de la población (de manera especial el 1% superior, los denominados superstars), ha crecido de forma notable en muchos países, acercándonos en algunos casos a niveles inéditos desde el siglo XIX.

Por otra parte, el peso de los salarios en la renta nacional, que se había movido al alza desde mediados del siglo pasado, pasó a retroceder desde finales del siglo XX.

Ciertamente, la crisis ha golpeado a todos los sectores, desde los que han experimentando aumentos drásticos del desempleo hasta los que han visto sus ingresos sujetos a severos recortes, pasando por los que han experimentando pérdidas en el valor de sus activos. Pero datos significativos recientes apuntan a la continuación de la tendencia al aumento de las desigualdades internas no sólo en las economías avanzadas sino también en muchas economías emergentes (aunque no en todas, siendo Brasil una excepción).

¿Qué puede y qué debe hacerse al respecto? ¿ Está el aumento del peso político de los ganadores en detrimento del de los perdedores relacionado con la merma de capacidad y efectividad de las políticas redistributivas clásicas del Estado de bienestar? ¿Nos encontramos ante una variante de la paradoja de Rodrik en la que las políticas públicas se debilitan precisamente en los momentos de crisis global en que más falta hacen para responder a las importantes asimetrías en el reparto de los costes de la crisis?

En el complejo escenario actual las dinámicas de ganadores y perdedores presentan numerosas vertientes. A escala global, las economías emergentes han ido recortando las distancias respecto a las avanzadas. Geoestratégicamente, un crucial legado de esta crisis está siendo la redistribución del poder económico, empresarial y político en favor de los emergentes y en detrimento de los países tradicionalmente industrializados.

Kemal Dervis, de la Brookings Institution, comenta la superposición entre esta convergencia que reduce las desigualdades entre países con las ya mencionadas divergencias en la distribución de la renta dentro de muchos países. Entre otras razones, por la regularidad empírica conocida como ley de Kuznets según la cual la adaptación a nuevas realidades se produce de forma desigual entre sectores sociales. De modo que los inicios de las nuevas eras suelen conllevar desigualdades importantes entre quienes se adaptan o impulsan los cambios y quienes se van quedando atrás. Hoy parece, por el contrario, muy lejana la segunda parte de esta ley de Kuznets que señala cómo a medio plazo se recupera una mayor equidad cuando se generaliza la adaptación a las nuevas realidades y las políticas públicas adquieren protagonismo.

En las economías avanzadas, la crisis acentúa unas dinámicas denominadas de polarización, en que son las rentas más altas las que salen mejor paradas. Quienes pierden posiciones y estatus son sobre todo las clases medias, que afrontan no sólo una cada vez mayor competencia por parte de las nuevas clases medias globales de los países emergentes, sino que simultáneamente sufren una profunda revisión a la baja de sus expectativas de estabilidad y bienestar al tiempo que tienen que seguir pagando unos crecientes impuestos en sus países con severos déficits presupuestarios, tanto para mantener versiones limitadas del Estado de bienestar además de otras exigencias de la crisis, incluidos rescates de entidades financieras y la carga creciente de deuda pública.

Esta eutanasia de las clases medias tiene amplias implicaciones: Fukuyama se pregunta ahora si la democracia liberal tal como la hemos conocido podrá sobrevivir a este declive de la clase media, en contraposición a otros modelos sociopolíticos más autoritarios. Desde Harvard, David Bloom nos pregunta acerca de las consecuencias de una juventud con unas tasas de desempleo muy elevadas (y lamentablemente las cifras de España son referencias que aparecen cruda y explícitamente en cualquier comparativa internacional) y unas expectativas incumplidas, que oscila entre la indignación y la emigración.

Kharas documenta el papel creciente de las citadas nuevas clases medias globales, que plantean interrogantes acerca de si podrán ser el relevo de las declinantes clases medias occidentales no sólo como pulmón de consumo sino de exigencias de progresos políticas y sociales.

Berg y Ostry, desde el Fondo Monetario Internacional, insisten en que una razonable equidad en la distribución de la renta, con clases medias significativas, es un importante mecanismo de resiliencia que aumenta las probabilidades de que en esas economías en desarrollo se consolide la modernización.

El mundo después de la crisis será muy diferente del que teníamos antes. La dinámica de ganadores y perdedores asociada tanto a los profundos cambios como a las formas en que se gestionen políticamente será –ya lo está siendo, por acción u omisión– un ingrediente crucial para conformar ese nuevo mundo… y nuestro papel dentro de él.

Juan Tugores Ques. Catedrático de Economía de la UB.