23/05/2014 | Publicat per

ECONOMÍA. TRIBUNA

Vuelve a hablarse de deflación. A raíz de la decisión del BCE de rebajar a un mínimo histórico los tipos de interés se ha recordado como la definición oficial de estabilidad de precios fue modificada por la autoridad monetaria europea en 2003 para referirse no sólo a una evolución del índice armonizado de precios al consumo por debajo del 2% sino también cercana a ese valor, precisamente para incluir responsabilidades en la prevención de la deflación. Datos recientes que situaban algunos indicadores de inflación a nivel europeo por debajo del 1% –y bajando– parecen haber sido uno de los motivos –no el único– para explicar la decisión del BCE. De repente vuelve a estar de actualidad la figura 1.16 (que no recibió la menor atención cuando se publicó a principios de octubre) del World Economic Outllok del FMI en que se muestran las “probabilidades de deflación” y el “índice de vulnerabilidad a la deflación” que, por cierto, incluye entre los países con riesgos a España.

Unas generaciones acostumbradas a oír hablar de los riesgos de la inflación y de la necesidad de mantenerla bajo control, escuchan ahora las advertencias acerca de los males de un proceso deflacionista. Una expectativa de reducciones de precios induciría a aplazar, aún más, las decisiones de gasto, precisamente en el peor momento: ahora que algunos timidísimos indicadores apuntan una mínima pero crucial reactivación. Y ya en 1933 Irving Fisher nos enseñó cómo una deflación era la peor pócima para unas sociedades que trataban de superar las graves crisis que tienen en el sobreendeudamiento una principal causa y un lacerante síntoma: frente a los intentos imprescindibles para ir reduciendo el endeudamiento, una deflación que aumentase su valor real (lo contrario a cuando la inflación lo recorta) y menguase el valor en balances de los activos incluso de quienes no quieren/necesitan vender, sería, efectivamente una combinación letal.

La solución propuesta por Fisher es un proceso de reflación en la línea de las estrategias de impulso monetario y fiscal que la administración Roosevelt puso en marcha a inicios de 1933, revirtiendo las pautas seguidas hasta entonces. Draghi parece tener clara cuál debe ser, con los instrumentos de que dispone por ahora el BCE, su contribución a una salida europea de la crisis. La estrategia del BCE tiene, por supuesto, serios problemas y limitaciones que afectan, especialmente, a la efectividad con que se transmiten las rebajas de tipos para asegurar que lleguen especialmente a las medianas y pequeñas empresas. Pero el mensaje en favor de un cambio de tono de las políticas en Europa debería calar, desde Frankfurt hasta Berlín y Bruselas. Como hace 8 décadas, es la hora de jugar la opción de una reflación. Un término que, como se ve, no es un neologismo, sino el recordatorio de que en Economía, como en la vida, prácticamente siempre las buenas soluciones se encuentran en razonables equilibrios que rehúyen maniqueísmos.